miércoles, 23 de octubre de 2013

ANUNCIOS POR PALABRAS

Enésima noche aciaga -hora incierta de sueños interruptus- en busca de tus paisajes, aquellos de laderas suaves, con su pequeño bosque en el centro y su acogedora gruta escondida -nuestro secreto-. Que me traían la calma, que sosegaban mi anhelo, que me rendían y me dormían y me despertaban repuesto.


El mismo día de siempre, de todos los días - con sus mismas horas que transcurren lentas, pesadas, casi quietas-: recorro mis desiertos, estos de piedras incendiarias, con su espejismo en la canícula y su trampantojo de alcohol -mi vergüenza-. Que me arrastran al delirio y que me remueven por dentro y me despiertan inquieto

lunes, 21 de octubre de 2013

El despido

  - Te escupía en la cara …

    Vino hacia mí con la decisión inconsecuente de un kamikaze, clavó su colérica mirada en mis ojos y lanzó sin más su exabrupto.

    - ¿Qué has dicho?…
    - Que te escupía en la cara del asco que me das …

    Efectivamente, a pesar de mi incredulidad esas habían sido sus palabras  y no sé porqué extraña circunstancia, o quizás debido al estupor que me produjo, pero el caso es que aquella rabia primitiva, casi irracional, consiguió narcotizar mis sentidos y paralizar mis facciones al menos en un primer momento.

    Mi aparente serenidad y que le diera la espalda hizo que se enfadara aún más, así que continuó sus ráfagas de improperios a escasos cinco centímetros de mi nuca. Pero aunque he de reconocer que un escalofrío de desazón recorrió eléctrico a lo largo de mi cuerpo, no me inmuté. Continué sentado frente al teclado con la mirada perdida en el documento que tenía abierto en la pantalla.

    Apenas diez minutos antes  le había comunicado su despido. No, perdón, según las directrices marcadas por la Compañía en estos casos,  le había comunicado que efectivamente su contrato había expirado -como se le había preavisado con un mes de antelación- y que lamentablemente no se iba a prorrogar la relación laboral entre ambas partes. Que a partir del día siguiente comenzaba a disfrutar de los días de vacaciones que le pertenecían y que ya se le llamaría cuando estuviera preparado su finiquito.

    Por supuesto que no era la primera vez que lo hacía. De hecho me reconozco cierta profesionalidad casi mecánica al elegir las palabras correctas y el tono respetuoso, aunque  lo suficientemente distante y neutro como para no caer en la compasión. Por eso estoy convencido plenamente de que no dije nada  que pudiera ser interpretado como irónico ni hiriente, nada que diera lugar a equívocos. Utilicé la empatía en su medida justa, lamentando la determinación a la que se había llegado, pero expresando el porqué de dicha decisión con concisión y sin añadir demasiada solemnidad a las explicaciones.

    Pero no  podía pretender que alguien acepte perder su trabajo con profesionalidad , siguiendo un protocolo de gestos y entereza socialmente reconocidos como correctos y emitiendo una declaración de resignada aceptación. Tampoco habría esperado nunca ser el causante de tanta ira como vomitaba su boca y se dibujaba en su gesto rabioso y en su mirada de asco. Y lo inesperado de esa reacción desarmó en un instante todo el andamiaje que durante todos estos años me había ido construyendo alrededor de mis complejos y de mis miedos. Su locura sobrevenida derribó de un solo golpe el muro tras el que ocultaba  todos aquellos recuerdos, todas aquellas  horribles sensaciones.

    Aparté los ojos de la pantalla, pero fui incapaz de volverme hacia él, ya que continuaba disparando a quemarropa. Podía sentir en la piel erizada la viscosidad de su aliento, la salivación excesiva navegando entre sus palabras atropelladas; podía oler el desprecio  terroso de sus insultos y notar el regusto mohoso de su blasfemia. Entonces fue cuando me topé con el reflejo de la ventana que me devolvía  mis ojos vidriosos y mi semblante asustado y que en un principio no alcancé a reconocer, pues habían pasado tantos años sin verme esa expresión …

    Quizás siempre había sido así y hasta ese momento no había reparado que entre mis gestos y bajo mis miedos seguía teniendo la misma cara de entonces acompañándome como el amigo invisible de mi rutina, ahí agazapado, observando mi desnudez, contemplando mi verdad tibia y pobre, analizando y trascendiendo la simpleza y la banalidad de mi existencia.

    Y mi reflejo me habló como entonces, con voz de madre para mitigar mi ansiedad.

    - Que no vea que estás temblando … que no adivine que ya has llorado … que no llegue a notar que ya perdiste …

    Durante un momento pareció haber surtido efecto, pero él sólo había dado un paso atrás para tomar impulso y apuntalar su voz  ya gritona con un gesto de chulería y una pose tal vez rescatada de sus luchas de patio de colegio. Parecía buscar , insulto tras insulto, que yo quedara encerrado en su círculo de matones, que yo claudicara y al final agachase irremediablemente la cabeza cuando sintiera  el miedo mojando mi entrepierna.

    Yo me agarraba  entonces al viejo conjuro, repitiéndome la letanía mecánica y nerviosa una y otra vez.

    - Que no vea que estás temblando … que no adivine que ya has llorado … que no llegue a notar que ya perdiste …

    Estaba a punto de abandonarme al pavor y dejarme caer desplomado. Las piernas me temblaban … las lágrimas afloraban y apenas me dejaban ver … mi boca ansiaba gritar …”¡¡¡Me rindo!!!” …

    Y entonces, como muchas otras veces, sonó la sirena al fin y tras frotarme los ojos encontré de nuevo la pantalla de mi ordenador. Con gesto enérgico pulsé una tecla y la impresora inició su rutina. Primero un bostezo tímido y luego un crujido sincopado que a él le hizo callar en sus gritos hasta dejarlo momentáneamente paralizado.

    Me giré en el sillón y recogí el documento recién impreso. Después cogí el teléfono y llamé al jefe de seguridad.

    - ¿Puedes venir al despacho?

    Tardó en reaccionar. Permaneció mirándome con un gesto entre perplejidad y asombro. Yo le miré a los ojos por primera vez, no en un gesto de afrenta, sino buscando en la profundidad de sus pupilas los resortes que disparaban aquella rabia desde los sinsabores de una infancia  quizás llena de momentos terribles y de miedos insuperables, que yo no podía ni quería llegar a imaginarme. Y ahora para colmo, se había vuelto a quedar en el paro.

    Me miró con una mueca burlona dibujada en sus labios. Se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra más. Me quedé  echado en el sillón durante bastante rato. Observaba en el reflejo del cristal aquella expresión mía que creí muy lejos e irrecuperable, pero que  siempre había permanecido fiel a mi sombra, invisible a los demás, agazapada en mis ojos, observando mi desnudez, contemplando esta verdad tibia y pobre, para acabar concluyendo siempre cuán de simple y banal es mi existencia.

domingo, 13 de octubre de 2013

ENFADADO CON EL MUNDO

    Desde pequeño suelo fantasear mucho con ello: ¿cómo serían las cosas si yo no hubiese existido nunca?, ¿cómo sería el mundo?. Porque en mi mundo yo soy la pieza más importante, el único personaje imprescindible.

      Cuando eras un crío de ocho o diez años el mecanismo que te llevaba hasta la gran pregunta era bien simple. Bastaba que las cosas no te salieran como habías planeado y acto seguido agarrabas una buena pataleta de esas que te hacían sentir el más desgraciado y el más incomprendido. Entonces, de una forma sobrevenida, casi automática, tu mente se cerraba en banda y activaba el escudo antipersonas. Acto seguido te enfundabas la máscara de Darth Vader y desde el lado oscuro le declarabas la guerra al mundo, porque tú estabas enfadado con el mundo.

      Pero lo que me inquieta -más que preocuparme- son las secuelas que pudieron quedarme, las heridas que ya sólo me duelen cuando se acerca una de esas tormentas que vienen a descargar sus rayos y sus truenos justo en mi centro de gravedad.

      Cada vez que ahora, que ya eres todo un señor maduro, te empapas de problemas hasta mojarte por dentro, se siguen encendiendo en tu cabeza las mismas lucecitas rojas de alerta. Y no es que los sinsabores del presente te resulten mayores que los de entonces , pues igual de terrible puede ser, pongamos un ejemplo, un divorcio para un adulto, que las calabazas de María en el baile de fin de curso para un adolescente. Lo que te parece ahora un tanto pueril es que la reacción siga siendo la misma o parecida: te encierras en tu caparazón y fantaseas desde la autocompasión con la posibilidad de desaparecer de la faz de la tierra y que se las apañen sin ti.

      Evidentemente, no podría ser de otra manera, una de mis películas favoritas es el clásico de Capra “ It's a Wonderful Life” - “Qué bello es vivir“-. Por eso, en esos días en que me siento en el lado de los perdedores, me invade esa misma desesperación que experimenta George Bailey -James Stewart- que le lleva a plantearse el suicidio.

      Y lo piensas a veces, debe ser una reacción bastante normal que no debe preocuparte en exceso. Tienes que respetar la secuencia de tus mecanismos de defensa y está claro que para que se encienda la luz y suenen tus alarmas antes ha tenido que instalarse en tu cabeza esa inquietante desesperación. Aunque una cosa es lo que piensas y otra lo que terminas por hacer, afortunadamente.

      No se si me asiste un ángel de la guarda -aunque sea de segunda- como Clarence y con la misma ansiedad e incluso desesperación por conseguir sus alas, pero el caso es que siempre termino planteándome la sempiterna pregunta mientras seco mis ropas tras un nuevo fracaso: ¿cómo sería la vida sin mí?.     

    Entonces, mientras el vértigo de tus aciertos proyectados a la velocidad de tu mente mitiga tu dolor, mientras te lames las heridas imaginando la película de tu “no vida”, fuera, lejos del lado oscuro, alguien - aunque no sea toda la ciudad, aunque no sea todo el país, aunque no sea todo el planeta- está pensando en ti.  

martes, 20 de agosto de 2013

LOS HOMBRES NO LLORAN -Pregón de las Fiestas de Bélmez de la Moraleda (19 de agosto de 2.013)-

   Buenas noches, gracias por haber venido. Muchas gracias al Excelentísimo Ayuntamiento de Bélmez de la Moraleda por pensar en mí para dar este pregón en representación del Botellín.
     " Los hombres no lloran ". -me solía  repetir mi madre con voz severa, aunque ella todavía no podía llegar a adivinar que la genética había tatuado en mi corazón el escudo de los Pereira y que lo había hecho con una lágrima de plata adornando su cruz floreteada y hueca de gules, una lágrima que dignifica, madre, a quienes no han perdido la capacidad de emocionarse a pesar de los años-.
    Y es que" Los hombres no lloran "- me aleccionaba con cariño mi Carmen, mientras insistía con admirable tozudez en trazar con el peine una línea recta en los rizos ingobernables y caprichosos del niño callado y taciturno que algún día fui-.
    Porque "Los hombres no lloran" -me susurraba al oído la niña de mis ojos, la niña del Alemán, y lo hacía con un hilo de voz, para que nadie más que yo  pudiera percibir la miel y también el calor de sus palabras, en aquella noche cuando todos me zarandeasteis  por haber llegado tarde al primer acto del programa de fiestas de la Peña del Botellín. Aquella programación de actos alternativos que presentamos fotocopiados en la silueta de una botella de cerveza donde podía leerse: Día 19 de agosto, 12 de la noche; asistencia al Castillo de fuegos artificiales que viene a principiar tradicionalmente las fiestas de Bélmez de la Moraleda. Se hará vistiendo la camiseta de la peña con alegre disposición por todos sus miembros-.
     Que sí, que "Los hombres no lloran"- con alegre disposición por todos sus miembros y yo llorando de alegría …  cuando alcancé a ver aquella riada blanca serpenteando y bullendo saltarina por la plaza de la Iglesia al compás de "Paquito el chocolatero", empapando con su algarabía a propios y a extraños, no pudiendo ni queriendo ya nadie secarse aquella gozosa y refrescante sensación durante los cuatro días siguientes.
    Que veinte años no es nada, escribió La Pera y cantaba Gardel, pero cuando Antonio Díaz Rodríguez, nuestro teniente de alcalde, me habló de este homenaje a quienes contagiasteis de alegría  y de desmadre, con vuestra euforia de cantos y consignas, con vuestras estridentes carcajadas y vuestro no dormir  ni dejar hacerlo, a todo un pueblo aquellas fiestas de 1.993, debí decepcionarte Antonio, por mi reacción, o mejor dicho, por mí no reacción.
    Porque he de confesaros, que como si de una borrachera se tratase, en mi recuerdo aquellos cuatro días de agosto se habían diluido como cuatro azucarillos dulces pero fugaces -¡ay, qué poco dura lo bueno!-. Y en su lugar, durante estos veinte años como veinte siglos, de la Peña del Botellín sólo me quedaba una neblina de imágenes reflejadas en espejos cóncavos y una resaca de ideas, que regresaban a mi memoria en alguna que otra ocasión distorsionadas y convexas.
    El caso es que instintivamente, sin apenas reflexión,  me vi pronunciando un sí con la boca chica, pero tan imprudente como osado y aquí me tenéis -instante arriba, instante abajo en las agujas del reloj- ante mis paisanos, ante mis amigos, ante mi familia  y ante todos quienes nos visitáis en estos días, para contar una historia cierta,  aunque más o menos recordada o más o menos magnificada, como los buenos libros de caballerías, que comenzó  a escribirse en el pueblo de Bélmez de la Moraleda en esta misma noche de hace veinte años.
    Quiero que sepáis que para mí supone un gran honor dar el pregón de fiestas en el nombre de todos vosotros, los que sois botellines y quienes en espíritu así os sentís. Quiero daros las gracias en verdad de corazón por todos los recuerdos e imágenes que me habéis regalado desde que se supo que yo daría el pregón. Todas esas historias que me han dado fuerza para romper de una vez por todas los espejos cóncavos y convexos que con el olvido y los años habían convertido mi visión de aquellos días en un esperpento digno del mismísimo Valle Inclán, así que seguiré el consejo de Don Latino de Hispalis en "Luces de Bohemia" y diré: -"¡Querido Max (querido Juan en este caso), no te pongas estupendo!".
    Espero eso sí, que este pregón os traiga a todos tan buenas sensaciones como  tantas y variadas emociones yo he sentido al escribirlo.
     Os pido también, paisanas y paisanos, amigas y amigos del Botellín, que me dejéis dedicarlo a quienes  apenas habían nacido hace veinte años –que por otra parte son los mismos años que yo llevo fuera de Bélmez y por eso cuando me encuentro con los de esta generación suelo decir aquello de “¿y tú de quién eres?”, claro que ellos a mí me conocen como el hermano mayor de Miguel Ángel Cano-. Quiero dedicárselo a ellos, porque por su envidiable juventud no tienen la perspectiva de que muchas situaciones hoy habituales, cotidianas, corrientes e incuestionables a simple vista, en otro tiempo  eran impensables, casi imposibles, aunque ahora hayan pasado a  esa realidad invisible de lo cotidiano y de lo olvidado, aunque ahora resulten casi imperceptibles incluso para quienes el paso del tiempo nos ha ido acomodando en la adormidera de la amnesia y borró de nuestra mente su coste , porque nos hemos olvidado por completo del valor de esas cosas que pasaron anteayer.
    Sin ir más lejos, mientras deslizaba mis dedos por el teclado del portátil para escribir el pregón,  he recordado el tacto y el disparo de las teclas de mi vieja Olivetti, ametrallando el silencio de la siesta, perforando en el folio las palabras como tiros … y todas las peripecias y  las anécdotas  de aquel verano amigo Diego, cuando teníamos apenas 9, 10 años y Melchor de Alfonsillo nos enseñó  a escribir a máquina … -.
    Porque también tengo que dedicar mis palabras a quienes hace veinte, treinta años, nos hacían este mismo ejercicio de memoria al calor de las ascuas de un brasero, alrededor de una mesa de camilla, como antes también hicieron sus mayores con ellos en la cocina, reunidos en torno a la lumbre o a la luz de un candil y así hasta que la noche se pierde en la profundidad de los tiempos diminuta como una pavesa.
    Dice nuestro ilustre y premiado vecino de Úbeda el escritor Antonio Muñoz Molina que "recordar y contar lo que uno ha visto, esforzándose por no mentir y por no halagar y por no dejarse engañar uno mismo por el resentimiento o por la nostalgia es una obligación cívica".  Yo añadiría que ese esfuerzo por mirar las cosas tal y como son -tal y como fueron- es un ejercicio de honestidad y de libertad . Por eso permitidme la advertencia, que no os dejéis engañar por el artificio con el que acostumbro a armar mis palabras, que aunque vista con la imaginación de exagerado colorido y bomba los sucesos y tenga la tentación  de arrancarme con un verso rayano en el ripio, si le raspáis esa pátina de verborrea que tal vez se os asemeje algo pretenciosa y quizás un pelín pedante, encontraréis en este humilde pregón esa nítida transparencia, que yo espero sea  tan clara y cristalina como el agua de este pozo de la Moraleda.
    Sí, efectivamente la verdad es poliédrica, tiene infinidad de caras, sobre todo en Bélmez. Además no sería muy descabellado afirmar que  cada uno de los casi dos mil habitantes del pueblo se siente  - hagamos un ejercicio de sinceridad - un parasicólogo en prácticas. Pero sería ciertamente apabullante que el Centro de Interpretación de las Caras pasase a ser el Centro de las casi dos mil interpretaciones de las caras. Porque ese es el ejercicio ejemplar de honestidad y de libertad que inconscientemente siempre hemos realizado las gentes de este pueblo frente a este delicado asunto de las caras y que quiero poner como referencia a seguir en mi propósito de no distorsionar  los hechos que esta noche rememoramos, pues cuando  a un belmoralense le preguntan sobre lo que hay de verdad en las famosas teleplastias, la respuesta más común suele ser ésta: aquí están, aquí se las presentamos y ustedes, cada uno de ustedes que las visitan, saquen sus propias conclusiones.
     Apenas lo puedo recordar mirando las indumentarias exactamente idénticas que vestimos mi hermano Paco y yo en una vieja fotografía de aquellas con los bordes de filigranas. Una de esas tipificas fotos en las que estamos subidos en esos caballitos que acarreaban como atrezo de su improvisado estudio los retratistas que iban de feria en feria. Porque  aunque originariamente las fiestas patronales eran las de San Andrés a finales del mes de noviembre, cuando nosotros éramos pequeños dichas celebraciones ya se habían trasladado  al mes de octubre, parece ser que por razones climatológicas, aunque si te paras a pensar, en octubre también hace frío.
    Pero no es hasta principios de los años setenta cuando se deciden las fechas actuales de las fiestas, probablemente para hacerlas coincidir con las vacaciones estivales de los numerosísimos emigrantes que durante esa década y la anterior se habían visto obligados a abandonar  el pueblo.  Y parece ser que la elección de dichas fechas no pudo ser más apropiada … pues hasta las caras decidieron unirse a la fiesta allá por 1.971. Y aunque  para un adulto pudiera tratarse su aparición de un hecho tétrico, para quienes éramos los niños de las caras, sólo fue un motivo más de auténtico alucine. Hubo momentos en los que resultábamos un incordio para que el equipo de parasicólogos de la Universidad de Friburgo pudiera desarrollar su trabajo en la casa de Juan y María, aunque aquel alemán larguirucho con su traje azul celeste, el famoso profesor Hans Bender, tenía salidas para todo y un día mandó a su guapísima traductora a comprar caramelos en La Bodega, para que no les molestásemos.  Aquella mañana la cola de niños esperando sus golosinas ocupaba todo el ancho de la plaza de la Iglesia.
    Pero volviendo a las fiestas, fuese pasando frío o calor, el hecho es que históricamente se nos ha considerado un pueblo de gente bastante festera. Alguien me contó la anécdota de aquellos dos niños, amigos, de unos ocho o diez años -Felipe y Juan  eran sus nombres - quienes a la altura de los primeros años del siglo XX se fueron andando hasta la estación de ferrocarril de Cabra para dar la bienvenida al cohetero.  Después había que volver, pero ellos se regresaron con actitud de evidente algarabía alrededor de la burra que trasladaba al susodicho pirotécnico a Bélmez. Lo que no se imaginaban los dos niños es que les esperaba un comité de bienvenida, pues enteradas de la hazaña las madres de ambos, revirtieron la chufla y los cohetes en una sonora y sonada azotaina. Eso sí, no se quedaron sin devolverla, ya que no se les ocurrió otra cosa que amenizar el hastío del forzoso encierro que tuvieron como castigo con un estruendoso concierto de ollas y cacerolas en Sí Mayor.
    Seguramente las historietas de Felipe y Juan - de Felipe Guzmán Merino y Juan Pereira Montávez- os hayan traído a la memoria a muchos de vosotros infinidad de anécdotas que os han contado o que habéis vivido alrededor de esta plaza, alrededor de estas fiestas o acontecidas en otros lugares del pueblo. Entre esos lugares  no puedo dejar de mencionar especialmente dos: el salón de Los Parrales, que se encontraba  aquí mismo antes de convertirse en el Parque del Nacimiento, antes de ser esta magnífica y bella plaza, porque este parque ha alcanzado esa categoría ¿verdad?;  y el salón de Rifa, establecimiento que surgió unos años después para que las mozas y los mozos de Bélmez de la Moraleda tuvieran un escenario más donde baliar, divertirse, charlar, enamorarse … Aquellos bailes solían transcurrir al son muchas veces de  humildes pero honrosas orquestas, como la Orquesta Oasis y su mítica formación con Juanito Lermas a la batería, Bernardo el Ojarín a las maracas, Cristóbal de Vilorta al saxofón, Sebastián Valero a la trompeta y Antonio el Alemán al clarinete, haciendo que la muchachada bailara y se emocionara con los éxitos del momento, como el famoso "Begin the beguine" de Cole Porter o aquel otro hit patrio  que popularizó la Radio Topolino Orquesta, "Mi casita de papel" , sin dejar de lado los valses, los pasodobles e incluso los corridos como el popular "Vuela, vuela palomita ".
    Aunque en lo tocante a las lentas el hecho en sí del baile resultaba algo complicado y fastidioso, ya que por aquella época las chicas solían ir acompañadas por una carabina  -en la mayoría de los casos por la madre de la moza en cuestión- cuyo principal cometido era dar la aprobación al  partenaire de su hija a la vez que velar para que se respetase la distancia reglamentaria y corriese el aire de manera fluida entre los cuerpos de los dos bailarines.  ¡Cuántas imágenes de aquellos bailes nos ha dibujado en su casa , tijera al vuelo amenazando trasquilón, Antonio Vela Romano, el Nono!.
    Y las historias que no nos habéis trazado con la filigrana almibarada de vuestros recuerdos de juventad, las hemos ido descubriendo  en el reflejo de las caras que aparecen en esa infinidad de fotografías que  derramamos por las redes sociales. Esas mismas caras que nos muestran sus más profundos sentimientos con la elocuencia que da el silencio, porque la imagen siempre gana su duelo a la palabra. Esas fotografías que van cambiando sus caras más enjutas y sepias de la posguerra por las sonrisas grises de los sesenta y de los setenta. Y los escenarios de aquellos bailes  de antaño ahora son otros  -como el cine de verano de Ramón o la Cooperativa de Esparto, conocida más tarde como el taller de las Cuevas- o cambian su aspecto y su nombre -este Parque del Nacimiento con la Discoteca o la Plaza de Abastos- como también cambian las modas, los peinados, las músicas y sus intérpretes.
    Habían llegado los "ye - yes" con sus pelos largos y las orquestas se habían electrificado para dejar de ser  consideradas como tales y pasar a llamarse conjuntos. Ahí estaba ya Antolín con su estética y su estilo a lo Nino Bravo, porque sus facultades vocales le daban y le dan para ello.  Primero fue vocalista con Los Solas, un grupo con base en  Villacarrillo de donde eran los hermanos que le daban su nombre. Y después también lo fue del grupo de Jódar Los Trinos, una de las mejores formaciones musicales de los alrededores en aquellos tiempos.
    Algo más tarde, a principios de los setenta, llegarían para coger el testigo Los Sueños, con Jose María el Alemán a la voz, Faustino Garrido a la guitarra, Juan Fernández Vico-Patachula- al bajo y los hermanos Escarcha de Cámbil a las teclas y a la batería respectivamente.  Ellos tuvieron la feliz ocurrencia de poner música al poema que Antonio Guzmán Merino dedicó a nuestro pueblo, añadiendo de su propia cosecha alguna que otra estrofa que originó el nacimiento de ese pasodoble  popular que   los de mi generación solíamos cantar -"y en el parque nace el agua … y en el parque nace el agua  al lado del bar de Diego …"-.
    Y más o menos en esos mismos años, otros hermanos empezaban su aventura musical en la vecina Solera con esa ilusión renovada que tiene la juventud con la música. Hablo, por supuesto, de Nueva Ilusión, el grupo de los hermanos Montes: Juan Antonio, Carmelo y Pedro. Yo tengo grabada en mi memoria emocional la versión instrumental al estilo de Los Relámpagos que hacían del pasodoble "Luna de España". En la banda sonora de mis verbenas de pequeño está ese diálogo que el órgano Hammond de Juan Antonio entablaba con la guitarra de su hermano Pedro.
    Pero me vais a permitir que retome las palabras de Muñoz Molina, porque como él me siento un extraño, un fugitivo de este particular Macondo nuestro del que os estoy hablando. Este Bélmez- Macondo que perfectamente podría ser la Mágina que  él oteaba en su "Jinete Polaco" desde los Cerros de Úbeda y que como dice en una de sus canciones  aquel otro paisano, hijo del comisario: "… al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Porque parece que "os hable de unos extraños, de quienes fuimos y ya no somos, del espectro de unos desconocidos (…) pero que gracias a la música tal vez nos encontremos, nos reconozcamos … gracias  a las canciones de entonces que ahora volvemos a oír y nos conmueven igual que si el tiempo no hubiera pasado y aún fuera posible enaltecerlo o corregirlo, agregarle una sabiduría que nos fue inaccesible, una ironía y una felicidad que casi nunca, entonces y después, dejaron de ser imaginarias".  
  
   Por aquel entonces y hablo de los últimos años de la dictadura franquista, el Ayuntamiento solía sacar a concurso la verbena de las fiestas, que se celebraba bien aquí o en la Plaza de Abastos. El recinto se cercaba y el empresario que se adjudicaba el concurso era quien se quedaba con la barra e incluso contrataba a los grupos. Por supuesto, entonces se cobraba la entrada.
    Porque la llamada "verbena popular" llegó con la democracia. Aquella soflama de Tierno Galván a la juventud madrileña llamándoles a divertirse y a disfrutar de la música gratis con aires de libertad, tuvo su traslación a todos y cada uno de los pueblos de España. Bélmez de la Moraleda también vivió aquel exceso, también fue partícipe y todos disfrutamos del abuso, porque en este país pasamos de la nada y menos al mucho y más, sin tener en cuenta que el equilibrio te lo da la justa medida.
       Y entre canciones de la movida, instantáneas fugaces y efímeras de polaroid y aquellas primeras  y pesadas videocámaras que grabaron la prueba de que no siempre tuvimos el pelo blanco, dejamos de colarnos en la discoteca y casi sin querer nos sorprendimos en su pista bailando las lentas. Siempre solían pincharlas en el mismo orden; primero "La chica de Ayer" de Nacha Pop … después "Jersey girl" de Tom Waits en esa versión más popular  que hizo  Springsteen. Y nos susurrábamos al oído palabras que escuchábamos el uno de la boca del otro por primera vez. Y quedábamos para bailar una y otra vez a pesar de mi  torpeza, porque  te gustaba que te hablara de que la vida es una canción a medio hacer en la que siempre andamos a vueltas con una estrofa o peleándonos con el estribillo.
    Y Así hemos llegado al prólogo de las fiestas del Botellín, un prólogo que se escribió justo un año antes del Botellín, esta misma noche y a esta misma hora pero de hace veintiún años. Sin ese antecedente la historia que nos  ha traído hasta este estrado no tendría ningún sentido.
    Si aquel diecinueve de agosto de un año antes, de 1.992,  alguien se hubiese paseado por esta  plaza  la habría encontrado oscura y tan silenciosa, que de no ser por la  sequía de aquel año, hasta habría escuchado el bullir del agua en el pozo. Sin embargo, lo que sí percibiría ese visitante del año 92 serían los ecos de la música  proveniente de la Plaza de Abastos. 
    Al llegar hasta ella se la habría encontrado vallada. En el acceso desde la Calle del Concejo un portero con cara más o menos de pocos amigos franquea la entrada. Desde fuera puede observar el ademán de aburrimiento de los músicos, mientras que en la pista sólo un par de parejas bailan "La piragua de Guillermo Cubillo". Tan sólo una veintena de mesas están ocupadas y al fondo en la barra hay no más de diez personas. Salvo los de la pista, nadie presta atención a la música, sino que dirigen su mirada hacia la cuesta que sube hasta la Plaza de la Iglesia. Incluso el bajista del grupo está mirando hacia allí, consiguiendo que sus compañeros pierdan el compás y precipiten el final de la canción.
    Mirando hacia dicha cuesta nuestro visitante de las fiestas de 1.992 observa admirado la presencia de una ingente muchedumbre de jóvenes que caminan como uno solo a la voz de "¡que vamos, que vamos …!" , para retroceder después en sus pasos una vez alcanzado el vallado trasero de la plaza.
    Si desde principios de los ochenta las verbenas eran populares hasta que en ese preciso año olímpico la Corporación Municipal tiene a bien cobrar la entrada, en este pueblo había ya toda una generación de jóvenes que no sabían lo que era pagar por bailar en las fiestas. Sin entrar en el análisis de los motivos que llevaron al Ayuntamiento a establecer un canon para entrar al recinto, el hecho es que se menospreció la fuerza y se ninguneó la osadía que te da el ser joven y el creerte en la posesión de todo el tiempo del mundo - en este caso cuatro días con sus cuatro noches- para reivindicar la entrada libre.
    Yo era una de esas nueve o diez personas que había en la barra de la verbena. Entiendo que para quienes estabais en la cuesta, sobre todo quienes entonces erais escandalosamente jóvenes, fueron unas de las mejores fiestas que habéis vivido -pues la mejor sin duda, fue la del año siguiente-. Os lo veía en las caras. Pero también veía las caras de quienes no digerían la crítica y consideraban todo aquello una afrenta.
    Siempre me pareció exagerado que las autoridades decidieran llamar a la Guardia Civil … para que custodiara vuestros cubos de cuerva … para incautaros los cientos de silbatos con los que acompañabais vuestra coreografía reivindicativa … para que vigilara vuestra alegría … porque en "la cuesta" la mayoría simplemente queríais manifestar vuestro desacuerdo de una manera festiva, pero efectiva y  porqué no efectista.
    Por eso no estuvo a la altura que merece este pueblo que tanto a un lado como al otro  del partido que gobernaba los designios y administraba las arcas de este municipio, se intentara capitalizar políticamente aquella protesta. Por eso no estuvo a la altura que merecen nuestras fiestas que algunos elementos se dejasen llevar por la inercia que te da el alcohol y aprovechasen la ocasión -pero no lo lograran- para empujar hasta el terreno escurridizo y ponzoñoso de la bronca y el enfrentamiento aquella situación. Por eso -sobre todo por eso- no estuvo a la altura de la historia de este pueblo que alguien usara la fuerza de la palabra escrita en un periódico y el aval y sello de legitimidad que le daba su cargo público, para insultaros a vosotros, y lo que es peor, para insultar a vuestros progenitores,  sobre todo teniendo en cuenta que algunos de vuestros padres habían pagado religiosamente su entrada y estaban en la verbena.
   
    Durante el año siguiente, según se iban acercando  los largos días de verano, se fueron haciendo mas ciertos e irreversibles nuestros más aciagos presentimientos sobre la fiesta. Muchos teníamos la ingenua esperanza de que todo aquel embrollo del año anterior hubiera dado sus frutos, pero desgraciadamente sólo había logrado apuntalar aún más lo que parecían fuertes convicciones -no se si económicas, políticas, ¿morales? … o todas a la vez- de las señoras y señores concejales y del presidente de la Corporación Municipal.
    Si en 1.993 ya hubiese existido Twitter, probablemente habríamos convertido en "trending topic" nuestro tema de conversación en las ligás de mediodía.  El "hashtag" sería algo así como "#BélmezSeMereceOtraFiesta", pero aunque no os lo creáis los más jóvenes, por aquel entonces internet era algo realmente privativo y  aún no habían nacido las redes sociales. Nuestra red la tejimos con cada palabra dicha a la cara, mirándonos a los ojos, eso sí, compartiendo unos botellines … y se extendió con el boca a boca en el que fluye el entendimiento que se hace más cierto, más real si hay contacto,  si huelo tu afinidad, si toco tu convicción, si palpo tu empatía, si magreo tus ganas de demostrar que estás viva, que estás vivo y que te duele tu pueblo y que se juntan con las mías y las del otro y las de todos, para decir en una única voz: "aquí estamos".
    Mi padre, quien cada día reconoce en mi actitud y en mi proceder  defectos y  virtudes propios … ¡Quién te lo iba a decir a ti con lo que los hijos solemos renegar de los padres! … Tú me has hablado  de esa primera impresión que te da la gente de Bélmez; de unos modos, de unas maneras cotidianas y por ello en apariencia naturales, no forzadas  de las gentes de este pueblo, que suelen llamar la atención a quien viene de fuera y que creo que aún perduran y forman parte de ese sello propio por el que se nos puede reconocer. Cuando hace cincuenta años llegaste por primera vez a este pueblo, subido en tu Derbi 250, tras atacar con cuidado las curvas del Prao y encontrarte con sus casas sencillas y los vecinos sentados  de charla en sus escalones a la fresca … y dejaste tu moto aparcada en un inmenso solar que había junto a la plaza en el que no tardaría mucho en tomar forma la Iglesia nueva, descubriste ese pueblo que se mezcla en las tabernas, en las calles, en las celebraciones y se diluye en apariencia sin distinciones de cuna, de oficios ni de ideas, como por el contrario no ocurría en los pueblos vecinos, más de guardar distancias y divisiones según procedencias sociales y castas familiares. Esa manera de relacionarnos que nos distinguía a la legua cuando íbamos - y me consta que aún es así - a las fiestas de otros pueblos, algo tuvo que ver con lo ocurrido aquel verano del 93. 
    Da vértigo enfundarse de nuevo la camiseta blanca del botellín panzudo que diseñó mi hermano Paco, la camiseta del "biscúter",  que para quienes no lo sepan, es como solíamos llamar en estos pueblos de Jaén al botellín de un 1/5 de litro de cerveza del Alcázar - a poder ser tan fresquita, que al beberla se te caiga una lágrima como un puño -, en una metáfora cervecero-automovilística que compara el pequeño tamaño de estas rubias con el del minúsculo turismo  que se comercializó en España en los años cincuenta. Muchos habéis guardado como oro en paño la camiseta original y estoy seguro que habéis sentido al contemplarla de nuevo el vértigo por volver veinte años atrás a nuestra sociedad amiga del botellín tertuliero, festivo y desenfadado. Habéis sentido al contemplarla de nuevo la emoción por estar en aquella Bélmez de la Moraleda de 1.993, en aquel pueblo que declaramos abierto al mundo.
    No recuerdo a ciencia cierta el momento preciso, el instante en que surgió nuestra contestación pacífica, festiva, desenfadada ante quienes habían decidido no bajarse de la burra, pero sí se que ocurrió en esa tertulia que es la ligá del mediodía y que le fuimos dando forma y contenido en aquellas largas veladas en el Discoblas donde argumentábamos y consensuábamos pareceres y aportábamos ideas y fundamentos para crear nuestra Peña del Botellín.


        La democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural, como no lo es la igualdad y por eso le cuesta tanto metérsela en la cabeza a algunos. Lo natural es el dominio de los fuertes, lo natural es el clan familiar y la tribu, el recelo a los forasteros, el apego a lo conocido; lo natural es exigir límites a los demás y no aceptarlos en uno mismo; lo natural es la ignorancia y el esfuerzo del aprendizaje es el único vehículo posible para salir de la barbarie y llegar hasta la orilla de la civilización.


    Nosotros nacimos en el franquismo, pero crecimos en la democracia y crecimos a la vez que ella lo hacía. Y aprendimos la democracia con el día a día, porque aún no estaba escrita en los libros. De una manera inconsciente y bastante ingenua escribimos nuestro humilde renglón, más o menos recto, más o menos emborronado, en el libro de la convivencia cívica.


    Aunque viendo como están las cosas en la actualidad el que nos movilizáramos por no querer pagar una entrada os pueda ahora parecer banal, el fondo de la cuestión era y es el mismo. Entonces como ahora era necesaria una "serena rebelión cívica"  que utilizara con inteligencia y astucia todos los recursos y toda la fuerza de la ciudadanía para rescatar territorios que son  sólo de su propiedad. La "res publica", los asuntos públicos tienen que tener como fin el bien común. Los alcaldes, los concejales, en general todos los políticos … tienen que tener muy claro que son representantes del pueblo que los elige, que es el legítimo propietario de los bienes que administran y del poder que se les confiere, por lo que deben ser  garantes de que siempre actuarán buscando el interés de la colectividad.


    Esa es la enseñanza que aprendmos de nuestro Botellín. Lo demás, la emoción de las lágrimas, el escalofrío de los recuerdos, las canciones, los besos, los abrazos, la poesía … es como nuestra camiseta: el bonito envoltorio de la razón última.



    Pues va a ser que no, que "Los hombres sí lloran" y yo lloré como un niño cuando vi aquella riada blanca que al ritmo de "Paquito el chocolatero" le cambió el paso a un Ayuntamiento que había perdido el norte, aquella riada blanca que puso de acuerdo a un pueblo entero, aquella riada blanca que no fue a la verbena pero llevó la fiesta a los bares y a los pubs, aquella riada blanca que devolvió a Bélmez su verbena popular.


    No se si recordaréis, amigas y amigos del Botellín, que durante aquellos cuatro días de 1.993 que vivimos tan intensamente, estaba de moda una canción de Seguridad Social que  enseguida adoptamos como himno oficioso de la Peña, cuyo estribillo dice:


" Quiero tener tu presencia, quiero que estés a mi lado
no quiero hablar de la lucha si no estamos preparados
no quiero hablar de la lucha si no estamos preparados …"


    Espero que estéis más o menos preparados porque Bélmez quiere, desea, necesita tener vuestra presencia, que estéis a su lado … ¡Ah! y que a nadie le coja el paso cambiado. Os deseo a todos que tengáis unas muy felices fiestas. Muchas gracias.



Banda sonora del pregón de fiestas de Bélmez de la Moraleda del año 2.013. http://t.co/MP3TckEq2H #NowPlaying

lunes, 7 de enero de 2013


¿Por qué no vinisteis?






   No me atrevo a aventurar el año, pero debió ser en el 83, concretamente junio de 1983. Durutti ya era la banda de Vini Reilly, cuya guitarra estaba marcando a golpe de delay y armónicos mi manera de tocar. Pero ninguno de vosotros estabais allí para descubrir mi truco y echármelo en cara. ¿Por qué no vinisteis?, Yo no lo recuerdo, sólo sé que las hormigas del olvido han devorado el camino que trazaron vuestras escusas, si es que las hubo, si es que os pedí que me acompañarais.

    Claro que no solíamos caminar por el mismo lado de la calle y casi siempre además lo hacíamos en direcciones opuestas. Y si nos cruzábamos nunca os miraba a la cara, porque no me entristecían las mismas cosas que a vosotros y ni siquiera  pretendía que celebrarais mis alegrías de paleto de pueblo, aquellas que apenas vislumbrabais en la lejanía del camino que subía hasta el centro por el arrabal, justo al otro extremo de la ciudad, donde yo vivía, y donde como Poe creía a pies juntillas que todo lo que amaba desde mi infancia lo amaba desde dentro del abismo de mi soledad, “en el alba de mi tormentosa vida ”.

Teatro de la Axarquía de Córdoba
    Algo parecido a esto debió suceder para que aquella noche de mediados de junio me pusiera mis mejores galas y me encaminara en solitario desde los Solares de San Rafael -aquellos tres o cuatro bloques de viviendas sociales  al lado del cementerio- y me dirigiera hasta el teatro de la Axarquía, atravesando Córdoba veloz y decidido. Por el camino iba tarareando divertido el “Garufa” por Gardel, quizás con la esperanza incierta de toparme con alguno de vosotros, para luego no mirarnos  a  la cara y hacer como que no nos conocemos, porque nuestros momentos eran distintos, porque nuestras visiones eran diferentes; porque definitivamente iba a ver a Durutti Colunm sin vuestra compañía.


La Reserva
    Como siempre que voy a un concierto solo, terminé llegando cuando los equipos en el escenario aún estaban calientes tras la prueba de sonido. La Reserva, capitaneados por el ex de Adrenalina y futuro Corazones Estrangulados Jonka Zarco, iban a ser los teloneros. Un músico inglés afincado en Córdoba dijo de ellos que fueron los primeros  grunge de la historia, pero eso fue cuando la historia ya había pasado por ellos. El caso es que tendrían el  honor de dar la réplica a los Durutti y se notaban los nervios, o eso es lo que deduje entonces al ver el gesto tenso y agrio de Jonka ¿o esa era la normalidad de su semblante? Aunque cuando subieron al escenario estuvieron al nivel que exigía la noche: sobrios y correctos. Además, si la memoria de ahora y la vista de entonces no me fallan, la tensión acumulada terminó por romperse con una cuerda de su guitarra y a partir de ese momento todo fue más fluido. Era evidente que las hormigas no me corrían en desbandada para ver a La Reserva por enésima vez, aunque he de confesar que me divertía por aquella época ver a Jonka bostezar desde la barra de algún bar ¿quizás tras algún sueño de psicodelia? 

   Y allí estaban por fin.  A Reilly, enjuto y demacrado, casi no se le veía tras el parapeto de su guitarra, mientras que a Bruce Mittchel, batería definitivo de la banda, siempre lo recordaré por la indumentaria que llevaba esa noche. A la socarronería que parece rezumar de manera innata en su semblante venía a contribuir un traje color crema con pajarita negra, rematado  con un  extraño gorro que a mí me recordaba  al del botones Sacarino. El contraste de la melancolía casi bucólica que envuelve a Vini por su manera de atacar la guitarra, con el sentido del espectáculo -muy británico siempre- de Bruce, fueron esa noche para mí  una verdadera conjunción planetaria a la que asistí en solitario, aunque para cuando empezaron a tocar ya no echaba en falta ni vuestra complicidad ni mucho menos vuestra aprobación. Toda esa pretendida camaradería debía de haberse extraviado en el juego del desencuentro y de las miradas esquivas.

Vini Reilly de Durutti Colunm
    Mittchel adornaba su exquisitez jazzística, su sutileza a las escobillas, con su muy inglés sentido del humor, mientras parecía vigilar aquella timidez un tanto enfermiza por la que deambulaba Reilly, que ejecutaba los temas  casi sin levantar la cabeza del mástil de la guitarra, ni tan siquiera cuando lo dejaba momentáneamente para atacar el teclado del sintetizador, quién sabe si por no romper el hilo invisible que nos conectaba con su música. Tanto me hipnotizó la presencia en el escenario de estos dos músicos, que aunque sé que les acompañaba un bajista, no os puedo decir quién era y si en realidad su colaboración en aquel singular momento era tan innecesaria como lo fue vuestra presencia.

    Ahora no os sabría explicar qué pálpito empujaba mi corazón hacia aquellas preferencias musicales tan opuestas a las vuestras, pero sé que en primer lugar siempre estarán los discos que mi hermano descubría mientras yo andaba enzarzado con mi pelea interior, dilucidando si quería ser cantautor o formar un grupo. Para mí fue todo un acontecimiento descubrir a Durutti, pero más impactante y decisivo fue descubrir a mi hermano pequeño, a quien le llevaba dos años, pero quien me llevaba veinte a mí a la hora de olfatear lo bueno, lo auténtico y casi lo definitivo en la música.

    También, como a él que me los descubrió, los Durutti me habían ganado de antemano por el nombre. Quizás fueron el primer grupo foráneo que sacaban su nombre de algo, de alguien español, aunque para nada se tratase de una revelación libertaria y todo fuese fruto de la ciega y caprichosa casualidad, ya que Vini  se había topado con la siguiente inscripción -falta de ortografía incluida- entre la propaganda de un partido político situacionista inglés: "The Return of the Durutti Column". De hecho, hasta que en aquel año no vinieron de gira por España no se enteraron de que su nombre provenía de la columna de milicianos  que el anarquista Buenaventura Durruti comandó  durante la guerra civil española.

      Os contaré que aún debe permanecer escondida en un rincón del salón de la casa de mis padres en el pueblo, una vieja caja de madera. Es una de esas cajas con la que se solía recolectar hortalizas y frutas. Dentro reposa muda una respetable colección de vinilos que mi hermano y yo habíamos logrado reunir a lo largo de más de una década, aunque a decir verdad, todo empezó con un regalo de Reyes; ni siquiera era un radiocasete, sino un magnetófono. Hasta tenía su soporte para el micro, con el que se nos ocurrió grabar largas parrafadas sin pies ni cabeza en las que los dos nos íbamos alternando en el papel de entrevistador y entrevistado.

    A esto le siguió la colección de casetes no originales adquiridos tras patearnos todos los expositores de bares y gasolineras del pueblo y alrededores. Allí dimos con algunas versiones  realmente buenas. Yo me encapriché de una recreación de “Pigs”, del Animals de Pink Floyd, que ponía una y otra vez en la oscuridad de mi cuarto, y que a día de hoy me sigue pareciendo mejor que la original, la cual no llegué a escuchar hasta un par de años más tarde. Después vinieron las cintas originales; la primera fue The Crime of the Century de Supertramp, conseguida tras chantajear a mi madre en la sección musical de Galerías Preciados.
-Si no hay Supertramp no nos probamos la ropa.
    La correlación lógica a continuación hubiera sido hacernos con un equipo estereofónico o un tocadiscos al menos, pero como muchos chavales de la época empezamos la casa por el tejado; primero la música, ya encontraríamos donde escucharla, aunque para ello hubiera que salir todas las tardes en peregrinación por los bares con la bolsa de discos bajo el brazo, la mayoría   adquiridos por correo, pues solíamos gastarnos todos los ahorros en el catálogo de Discoplay.
-Ponme una cerveza y pincha éste de Décima Víctima.

-¿Y esos quién coño son?… ¡En su casa los conocerán a la hora de comer!… ¡Si esto es música de muertos!

    Y cuando en el bar de turno nos aguantaban el disco entero de alguno de aquellos músicos malditos, alguien se ofrecía para lincharnos, porque los habíamos dejado sin sevillanas de los Marismeños o el “Feliz Navidad” de Boney M.



Gabriel García Márquez
    Sabed que como sólo nos llevamos dos años, no duraron mucho mis rabietas porque mi madre nos vistiera como si fuéramos gemelos, o porque tuviera que llevarlo conmigo a todas partes, pues cuando quise acordar, mi hermano  pequeño se había convertido en un colega con el que nunca o casi nunca hablaba de chicas, pero con el que compartía el fervor y la pasión por la música, los comics, la literatura … Y lo que resultaba verdaderamente revelador, con el que experimentaba una maravillosa retroalimentación que nos hacía a ambos más sabios, más eclécticos y más amigos; si yo aportaba la música de Víctor Jara, la nueva trova cubana, Hilario Camacho… los cuentos de Cortázar, el realismo mágico de García Márquez … Felipe devolvía la jugada con grupos de culto como los mismos Durutti, Felt, Golpes Bajos… los etílicos relatos de Bukowski, la poesía de Pessoa …
Charles Buchowski
    Imaginad que ser alguien en la vida no era para nosotros una prioridad y tampoco nos preocupaba si algún día todos aquellos datos y conocimientos tendrían una aplicación práctica. Incluso  nos pavoneábamos de poseer varios cientos de habilidades que podrían ser catalogadas como de poca utilidad y a las que llamamos ejercicios de tonificación síquica, porque eran tiempos de luz y aprendizaje, de cultivar la influencia del uno en el otro y descubrir y sentir. Y así pasaba nuestro tiempo y mientras él fue decantándose por la pintura y por los comics, yo lo hice por la música y por la radio, dejando entre ambos, en las anchas y tupidas extensiones que abarca la literatura, nuestro campamento base desde donde acometer proyectos comunes.

Samuel Beckett
    Nuestra infancia no fue como la vuestra y nunca vimos las cosas como vosotros las veíais, ya que él no era muy distinto de mí, aunque sí más huraño y hermético, en esa actitud taciturna y reservada con la que acata hasta la más intrascendental de sus decisiones y que le ha servido para crearse cierta fama de artista maldito y underground. Y por lo que a mí respecta, yo era un niño –como diría Samuel Beckett- con escaso talento para la felicidad. Además, sigo teniendo la novelera convicción de que nunca he dejado de ser ese crío incomprendido que va por el camino tarareando su improvisada canción, inventando otros mundos ajenos a la realidad. 

    Sé que no sucedió de repente, pero ni vosotros ni yo notamos cuándo se alejaron nuestros pasos. De pronto, mis ocurrencias ya no se mecían en el arrullo lisonjero de vuestras palmadas y mi corazón henchido antaño, vio su soberbia diluida en el fondo de una triste y solitaria cerveza. Ya nadie alrededor acompañaba mi trago y el tintineo de vasos y el murmullo y las risas ocurrían en la mesa de al lado, mientras el amargor del lúpulo turbaba mi recuerdo con aquel beso clandestino que unos labios caprichosos encendieron en la boca del chico triste que llegó del pueblo.

    Y un día, ya no me deslumbraban vuestras luces de ciudad, ya no envidiaba vuestros vaqueros de marca ni vuestra suficiencia impostada. Como también dejó de sorprenderos mi sabor a hierba y a barro, como dejaron de fascinaros los jerséis de cenefas que mi madre tejía y el rubor que reflejaba mi sabiduría naif. Y ya no eché de menos vuestro aplauso y si me apuras, hasta los juegos de cama redonda me parecieron tristes y abominables, como una limosna piadosa, pero forzada.

    Y dejé de llamaros y dejasteis de venir. Y dejamos de quedar y volvimos cada cual a nuestro lado de la ciudad; vosotros al barrio alto displicente y hedonista, yo al descampado de al lado del cementerio, con los abnegados y  los voluntaristas.

    Por eso, cuando aquella noche de mediados de junio me dirigía hasta el centro, ni siquiera os vi caminar por la otra acera, ni tras las vidrieras de los bares de costumbre. Tampoco zigzagueando en el río de coches con  vuestras  flamantes motocicletas y sus destellos metálicos, ni vuestra estela de after shave y bujía quemada, ni el pavoneo irreverente de vuestras chicas, ni el sonajear de los zarcillos de plata entre sus melenas al viento.        

    Los posos que se han ido fermentando en mi interior durante todos estos años y que hacen resurgir aquella noche reinventada y nueva, tienen la fuerza y la concentración que emana del abismo de la soledad. Éramos los Durutti, yo y la noche cordobesa detrás. ¿Por qué no vinisteis?, ¿qué escusa me disteis?...

    Puede que para entonces ya nada me uniera a vosotros, al menos en aquel momento en el que mi destino parecía estar encadenado a perpetuidad a una melancolía recurrente. Pero es ahora cuando después de tantos años lo veo claro, que nada os conté entonces de aquella música que me hacía feliz y que tanto me unía y me une a mi hermano, ¡porque nos maravillaban y nos hacían soñar tantas cosas que desconocíais!... Como tampoco os conté que con ella escapé del fuego que en su vaga intensidad consumía lentamente mi espíritu atormentado, el mismo espíritu que me llenaba de amargura y que entonces me impidió pediros que me acompañarais aquella noche de verano al concierto de Durutti.    
   

domingo, 11 de noviembre de 2012

Encontrando los puntos de referencia.

    Casi desde el primer día que me sumergí en la maraña de las redes sociales, me encontré con uno de mis ídolos musicales. Un momento... ¿he dicho ídolo?... rectifico, seré honesto, pues la verdad es que al otro Auserón le pedí amistad ciberespacial después de sufrir la decepción que me causó la disculpa estereotipada de su hermano Santiago diciéndome que su cupo de amigos  ya estaba completo.
    Y lo cierto es que desde el primer minuto he sido un asiduo de los exabruptos y las salidas de tono de Luis Auserón y he permanecido impertérrito a sus desaires, pues sé de muchos que no lo han aguantado y lo han borrado del face. Me parecía -como él mismo dice en una de sus últimas canciones- un señor con una navaja en la mano que ha perdido la razón y mira nervioso y enfadado, porque tristemente  sabe dónde está. Un tipo fuera de lugar, asqueado, resentido y a la defensiva con lo que ocurre a su alrededor, pero a la vez atormentado por la impotencia que produce el no poder o no saber qué hacer.
    No sé si por afinidad o por curiosidad, pero no lo borré. Incluso a veces intercambié pareceres musicales y existenciales con él. Así fue como descubrí -ignorante de mí- que una de las canciones que más me gustaba de Radio Futura era de Enrique Sierra,  cuyos serenos pero siempre lúcidos comentarios, también he podido disfrutar de rebote por Luis en los últimos meses de su vida.
    Así que he sido espectador de su travesía del desierto, de sus reivindicaciones como artista multidisciplinario, de su cruzada militante en el ecologismo urbano y , por supuesto, de sus avances como persona y como músico leyendo a Boulez.
    No voy a entrar en apreciaciones musicales, tampoco voy a analizar su andadura vital. El caso es que a mí me gusta este Luis Auserón  tan amigable como Johnny Cash, aunque con algún que otro bobo defectillo como Dylan, pero tan genial y tan brillante como Juan Perro.