Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de enero de 2013

¿Por qué no vinisteis?






   No me atrevo a aventurar el año, pero debió ser en el 83, concretamente junio de 1983. Durutti ya era la banda de Vini Reilly, cuya guitarra estaba marcando a golpe de delay y armónicos mi manera de tocar. Pero ninguno de vosotros estabais allí para descubrir mi truco y echármelo en cara. ¿Por qué no vinisteis?, Yo no lo recuerdo, sólo sé que las hormigas del olvido han devorado el camino que trazaron vuestras escusas, si es que las hubo, si es que os pedí que me acompañarais.

    Claro que no solíamos caminar por el mismo lado de la calle y casi siempre además lo hacíamos en direcciones opuestas. Y si nos cruzábamos nunca os miraba a la cara, porque no me entristecían las mismas cosas que a vosotros y ni siquiera  pretendía que celebrarais mis alegrías de paleto de pueblo, aquellas que apenas vislumbrabais en la lejanía del camino que subía hasta el centro por el arrabal, justo al otro extremo de la ciudad, donde yo vivía, y donde como Poe creía a pies juntillas que todo lo que amaba desde mi infancia lo amaba desde dentro del abismo de mi soledad, “en el alba de mi tormentosa vida ”.

Teatro de la Axarquía de Córdoba
    Algo parecido a esto debió suceder para que aquella noche de mediados de junio me pusiera mis mejores galas y me encaminara en solitario desde los Solares de San Rafael -aquellos tres o cuatro bloques de viviendas sociales  al lado del cementerio- y me dirigiera hasta el teatro de la Axarquía, atravesando Córdoba veloz y decidido. Por el camino iba tarareando divertido el “Garufa” por Gardel, quizás con la esperanza incierta de toparme con alguno de vosotros, para luego no mirarnos  a  la cara y hacer como que no nos conocemos, porque nuestros momentos eran distintos, porque nuestras visiones eran diferentes; porque definitivamente iba a ver a Durutti Colunm sin vuestra compañía.


La Reserva
    Como siempre que voy a un concierto solo, terminé llegando cuando los equipos en el escenario aún estaban calientes tras la prueba de sonido. La Reserva, capitaneados por el ex de Adrenalina y futuro Corazones Estrangulados Jonka Zarco, iban a ser los teloneros. Un músico inglés afincado en Córdoba dijo de ellos que fueron los primeros  grunge de la historia, pero eso fue cuando la historia ya había pasado por ellos. El caso es que tendrían el  honor de dar la réplica a los Durutti y se notaban los nervios, o eso es lo que deduje entonces al ver el gesto tenso y agrio de Jonka ¿o esa era la normalidad de su semblante? Aunque cuando subieron al escenario estuvieron al nivel que exigía la noche: sobrios y correctos. Además, si la memoria de ahora y la vista de entonces no me fallan, la tensión acumulada terminó por romperse con una cuerda de su guitarra y a partir de ese momento todo fue más fluido. Era evidente que las hormigas no me corrían en desbandada para ver a La Reserva por enésima vez, aunque he de confesar que me divertía por aquella época ver a Jonka bostezar desde la barra de algún bar ¿quizás tras algún sueño de psicodelia? 

   Y allí estaban por fin.  A Reilly, enjuto y demacrado, casi no se le veía tras el parapeto de su guitarra, mientras que a Bruce Mittchel, batería definitivo de la banda, siempre lo recordaré por la indumentaria que llevaba esa noche. A la socarronería que parece rezumar de manera innata en su semblante venía a contribuir un traje color crema con pajarita negra, rematado  con un  extraño gorro que a mí me recordaba  al del botones Sacarino. El contraste de la melancolía casi bucólica que envuelve a Vini por su manera de atacar la guitarra, con el sentido del espectáculo -muy británico siempre- de Bruce, fueron esa noche para mí  una verdadera conjunción planetaria a la que asistí en solitario, aunque para cuando empezaron a tocar ya no echaba en falta ni vuestra complicidad ni mucho menos vuestra aprobación. Toda esa pretendida camaradería debía de haberse extraviado en el juego del desencuentro y de las miradas esquivas.

Vini Reilly de Durutti Colunm
    Mittchel adornaba su exquisitez jazzística, su sutileza a las escobillas, con su muy inglés sentido del humor, mientras parecía vigilar aquella timidez un tanto enfermiza por la que deambulaba Reilly, que ejecutaba los temas  casi sin levantar la cabeza del mástil de la guitarra, ni tan siquiera cuando lo dejaba momentáneamente para atacar el teclado del sintetizador, quién sabe si por no romper el hilo invisible que nos conectaba con su música. Tanto me hipnotizó la presencia en el escenario de estos dos músicos, que aunque sé que les acompañaba un bajista, no os puedo decir quién era y si en realidad su colaboración en aquel singular momento era tan innecesaria como lo fue vuestra presencia.

    Ahora no os sabría explicar qué pálpito empujaba mi corazón hacia aquellas preferencias musicales tan opuestas a las vuestras, pero sé que en primer lugar siempre estarán los discos que mi hermano descubría mientras yo andaba enzarzado con mi pelea interior, dilucidando si quería ser cantautor o formar un grupo. Para mí fue todo un acontecimiento descubrir a Durutti, pero más impactante y decisivo fue descubrir a mi hermano pequeño, a quien le llevaba dos años, pero quien me llevaba veinte a mí a la hora de olfatear lo bueno, lo auténtico y casi lo definitivo en la música.

    También, como a él que me los descubrió, los Durutti me habían ganado de antemano por el nombre. Quizás fueron el primer grupo foráneo que sacaban su nombre de algo, de alguien español, aunque para nada se tratase de una revelación libertaria y todo fuese fruto de la ciega y caprichosa casualidad, ya que Vini  se había topado con la siguiente inscripción -falta de ortografía incluida- entre la propaganda de un partido político situacionista inglés: "The Return of the Durutti Column". De hecho, hasta que en aquel año no vinieron de gira por España no se enteraron de que su nombre provenía de la columna de milicianos  que el anarquista Buenaventura Durruti comandó  durante la guerra civil española.

      Os contaré que aún debe permanecer escondida en un rincón del salón de la casa de mis padres en el pueblo, una vieja caja de madera. Es una de esas cajas con la que se solía recolectar hortalizas y frutas. Dentro reposa muda una respetable colección de vinilos que mi hermano y yo habíamos logrado reunir a lo largo de más de una década, aunque a decir verdad, todo empezó con un regalo de Reyes; ni siquiera era un radiocasete, sino un magnetófono. Hasta tenía su soporte para el micro, con el que se nos ocurrió grabar largas parrafadas sin pies ni cabeza en las que los dos nos íbamos alternando en el papel de entrevistador y entrevistado.

    A esto le siguió la colección de casetes no originales adquiridos tras patearnos todos los expositores de bares y gasolineras del pueblo y alrededores. Allí dimos con algunas versiones  realmente buenas. Yo me encapriché de una recreación de “Pigs”, del Animals de Pink Floyd, que ponía una y otra vez en la oscuridad de mi cuarto, y que a día de hoy me sigue pareciendo mejor que la original, la cual no llegué a escuchar hasta un par de años más tarde. Después vinieron las cintas originales; la primera fue The Crime of the Century de Supertramp, conseguida tras chantajear a mi madre en la sección musical de Galerías Preciados.
-Si no hay Supertramp no nos probamos la ropa.
    La correlación lógica a continuación hubiera sido hacernos con un equipo estereofónico o un tocadiscos al menos, pero como muchos chavales de la época empezamos la casa por el tejado; primero la música, ya encontraríamos donde escucharla, aunque para ello hubiera que salir todas las tardes en peregrinación por los bares con la bolsa de discos bajo el brazo, la mayoría   adquiridos por correo, pues solíamos gastarnos todos los ahorros en el catálogo de Discoplay.
-Ponme una cerveza y pincha éste de Décima Víctima.

-¿Y esos quién coño son?… ¡En su casa los conocerán a la hora de comer!… ¡Si esto es música de muertos!

    Y cuando en el bar de turno nos aguantaban el disco entero de alguno de aquellos músicos malditos, alguien se ofrecía para lincharnos, porque los habíamos dejado sin sevillanas de los Marismeños o el “Feliz Navidad” de Boney M.



Gabriel García Márquez
    Sabed que como sólo nos llevamos dos años, no duraron mucho mis rabietas porque mi madre nos vistiera como si fuéramos gemelos, o porque tuviera que llevarlo conmigo a todas partes, pues cuando quise acordar, mi hermano  pequeño se había convertido en un colega con el que nunca o casi nunca hablaba de chicas, pero con el que compartía el fervor y la pasión por la música, los comics, la literatura … Y lo que resultaba verdaderamente revelador, con el que experimentaba una maravillosa retroalimentación que nos hacía a ambos más sabios, más eclécticos y más amigos; si yo aportaba la música de Víctor Jara, la nueva trova cubana, Hilario Camacho… los cuentos de Cortázar, el realismo mágico de García Márquez … Felipe devolvía la jugada con grupos de culto como los mismos Durutti, Felt, Golpes Bajos… los etílicos relatos de Bukowski, la poesía de Pessoa …
Charles Buchowski
    Imaginad que ser alguien en la vida no era para nosotros una prioridad y tampoco nos preocupaba si algún día todos aquellos datos y conocimientos tendrían una aplicación práctica. Incluso  nos pavoneábamos de poseer varios cientos de habilidades que podrían ser catalogadas como de poca utilidad y a las que llamamos ejercicios de tonificación síquica, porque eran tiempos de luz y aprendizaje, de cultivar la influencia del uno en el otro y descubrir y sentir. Y así pasaba nuestro tiempo y mientras él fue decantándose por la pintura y por los comics, yo lo hice por la música y por la radio, dejando entre ambos, en las anchas y tupidas extensiones que abarca la literatura, nuestro campamento base desde donde acometer proyectos comunes.

Samuel Beckett
    Nuestra infancia no fue como la vuestra y nunca vimos las cosas como vosotros las veíais, ya que él no era muy distinto de mí, aunque sí más huraño y hermético, en esa actitud taciturna y reservada con la que acata hasta la más intrascendental de sus decisiones y que le ha servido para crearse cierta fama de artista maldito y underground. Y por lo que a mí respecta, yo era un niño –como diría Samuel Beckett- con escaso talento para la felicidad. Además, sigo teniendo la novelera convicción de que nunca he dejado de ser ese crío incomprendido que va por el camino tarareando su improvisada canción, inventando otros mundos ajenos a la realidad. 

    Sé que no sucedió de repente, pero ni vosotros ni yo notamos cuándo se alejaron nuestros pasos. De pronto, mis ocurrencias ya no se mecían en el arrullo lisonjero de vuestras palmadas y mi corazón henchido antaño, vio su soberbia diluida en el fondo de una triste y solitaria cerveza. Ya nadie alrededor acompañaba mi trago y el tintineo de vasos y el murmullo y las risas ocurrían en la mesa de al lado, mientras el amargor del lúpulo turbaba mi recuerdo con aquel beso clandestino que unos labios caprichosos encendieron en la boca del chico triste que llegó del pueblo.

    Y un día, ya no me deslumbraban vuestras luces de ciudad, ya no envidiaba vuestros vaqueros de marca ni vuestra suficiencia impostada. Como también dejó de sorprenderos mi sabor a hierba y a barro, como dejaron de fascinaros los jerséis de cenefas que mi madre tejía y el rubor que reflejaba mi sabiduría naif. Y ya no eché de menos vuestro aplauso y si me apuras, hasta los juegos de cama redonda me parecieron tristes y abominables, como una limosna piadosa, pero forzada.

    Y dejé de llamaros y dejasteis de venir. Y dejamos de quedar y volvimos cada cual a nuestro lado de la ciudad; vosotros al barrio alto displicente y hedonista, yo al descampado de al lado del cementerio, con los abnegados y  los voluntaristas.

    Por eso, cuando aquella noche de mediados de junio me dirigía hasta el centro, ni siquiera os vi caminar por la otra acera, ni tras las vidrieras de los bares de costumbre. Tampoco zigzagueando en el río de coches con  vuestras  flamantes motocicletas y sus destellos metálicos, ni vuestra estela de after shave y bujía quemada, ni el pavoneo irreverente de vuestras chicas, ni el sonajear de los zarcillos de plata entre sus melenas al viento.        

    Los posos que se han ido fermentando en mi interior durante todos estos años y que hacen resurgir aquella noche reinventada y nueva, tienen la fuerza y la concentración que emana del abismo de la soledad. Éramos los Durutti, yo y la noche cordobesa detrás. ¿Por qué no vinisteis?, ¿qué escusa me disteis?...

    Puede que para entonces ya nada me uniera a vosotros, al menos en aquel momento en el que mi destino parecía estar encadenado a perpetuidad a una melancolía recurrente. Pero es ahora cuando después de tantos años lo veo claro, que nada os conté entonces de aquella música que me hacía feliz y que tanto me unía y me une a mi hermano, ¡porque nos maravillaban y nos hacían soñar tantas cosas que desconocíais!... Como tampoco os conté que con ella escapé del fuego que en su vaga intensidad consumía lentamente mi espíritu atormentado, el mismo espíritu que me llenaba de amargura y que entonces me impidió pediros que me acompañarais aquella noche de verano al concierto de Durutti.    
   

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Porqué no vinisteis al concierto de Durutti?

Ni siquiera puedo aventurarme a asegurar el año, pero debió ser en junio de 1.983. Durrutti ya era la banda de Vini Reilly, cuya guitarra había marcado a golpe de delay y armónicos la seña de identidad del grupo. Pero ninguno de vosotros estabais allí para comprobarlo conmigo. ¿Por qué no vinisteis?, ¿qué escusa me dísteis?. Ya no lo recuerdo, pues mis hormigas han debido devorar los microsurcos del cerebro que almacenaban esa información.

    Claro que no siempre caminamos por el mismo lado de la calle y no siempre sentimos el vértigo de la novedad por los mismos amores, por los mismos libros o por los mismos discos. Por algo así debió ser que aquella noche de mediados de junio me puse mis mejores galas y me encaminé decidido desde los Solares de San Rafael -formados por tres o cuatro bloques de edificios del desarrollismo de los setenta al lado del cementerio- hasta el teatro al aire libre de la Axarquía. Atravesé Córdoba quizás con la esperanza incierta de toparme con alguno de vosotros camino del concierto, mirando por ello a cada paso las caras que me iba cruzando, pero definitivamente iba a ver en  a los Durutti Column sin vuestra compañía.


    Como siempre que voy a un concierto solo, terminé llegando cuando los equipos en el escenario aún estaban calientes tras la prueba de sonido. La Reserva, grupo capitaneado por el ex de Adrenalina Yonka Zarco, iban a ser los teloneros. Un músico inglés afincado en Córdoba dijo de ellos que fueron el primer grupo grunge de la historia. El caso es que tendrían el  honor de dar la réplica a los Durutti y se notaban los nervios, o eso es lo que deduje entonces al ver el gesto tenso y agrio de Yonka ¿o ese es su semblante normal?. Pero cuando subieron al escenario estuvieron al nivel que exigía la noche: sobrios y correctos. Además, si la memoria de ahora y la vista de entonces no me fallan, la tensión acumulada terminó por romperse con la cuerda de la guitarra de Yonka. A partir de ese momento todo fue más fluido.


    Pero era evidente que las hormigas no me corrían en desbandada por ver a La Reserva por enésima vez, aunque me divertía por aquella época ver a Yonka bostezar desde la barra de algún bar ¿quizás tras algún sueño de psicodelia?. Y allí estaban por fin Reilly, enjuto y demacrado a quien casi no se le veía tras la guitarra y Bruce Mittchel, batería definitivo de la banda a quien siempre recordaré de manera simpática por la indumentaria que llevaba esa noche. A la socarronería que parece rezumar de manera innata en su semblante venía a contribuir un traje color crema con pajarita negra y el remate extraño que llevaba en la cabeza. A mí me pareció que se trataba de un gorro de botones, como el del botones Sacarino. El contraste de la melancolía casi bucólica que envuelve a Vini por su manera de atacar la guitarra con el sentido del espectáculo - muy británico siempre- de Bruce, fueron para mí esa noche una verdadera conjunción planetaria, y no otras. Aunque comprendo que Mittchel adornase su exquisitez jazzística en las escobillas con su gran sentido del humor, viendo la timidez un tanto enfermiza de Reilly, quien deambulaba sin levantar la cabeza del mástil de la guitarra al teclado del sintetizador, quién sabe si para no romper el hilo invisible que nos transmitía la mágica ensoñación de la música de Durutti. De hecho, tanto me hipnotizó la presencia en el escenario de estos dos músicos, que aunque sé que les acompañaba un bajista, no os puedo decir quién era y si en realidad era necesaria su colaboración en aquel momento.


    Puede que a forjar esta ensoñación ,más que recuerdo del concierto, hayan contribuido muchas cosas. En primer lugar siempre, las músicas que mi hermano Paco descubría mientras yo andaba enzarzado con mi pelea interior, dilucidando si quería ser cantautor o formar un grupo. Para mí fue todo un acontecimiento descubrir a Durutti, pero más impactante y decisivo en mis influencias musicales fue descubrir a mi hermano pequeño, a quien le llevaba dos años, pero quien me llevaba veinte a mí a la hora de olfatear lo bueno, lo auténtico y casi lo definitivo en la música. 


    También, como a mucha otra gente, los Durutti me habían ganado de antemano por el nombre. Quizás fueron el primer grupo foráneo que sacaron su nombre de algo -en este caso alguien- español. Pero para desmitificar el asunto, cuando Vini le dió el nombre al grupo lo hizo por un cartel (ver foto de entrada del blog Babarabatiri) de un grupo político situacionista inglés en el que aparecía la siguiente inscripción (falta de ortografía incluida): "The return of the Durutti Column". De hecho, hasta que en aquel año no vinieron de gira por España no se enteraron de que su nombre provenía de la columna de milicianos  que el anarquista Buenaventura Durruti comandó  durante la guerra civil española.


    Pero sobre todo, la magia que mi recuerdo ha querido preservar de aquella noche está porque lo disfruté en soledad. Éramos los Durutti yo y la noche cordobesa detrás. ¿Porqué no vinisteis?, ¿qué escusa me disteis?...


viernes, 5 de noviembre de 2010

Babarabatiri

   Los de mi generación, es decir, los adolescentes de la transición española, crecimos musicalmente entre los discos de cantautores de nuestros hermanos mayores y las casetes que, o bien nos comprábamos originales con los pocos ahorros que conseguíamos de aquellas paupérrimas pagas, o a las malas, nos terminaba por grabar ese amigo solvente  que se podía permitir lo nuevo de Radio Futura o lo último de Gabinete Caligari. Los más friquis incluso íbamos más allá y  de muy buena gana nos hacíamos con los vinilos de Décima Víctima o la Mode, o  incluso de Durutti Column y de Felt, aunque no tuviésemos equipo donde escucharlos. Pero estas historias de la bolsa de discos debajo del brazo, esas peregrinaciones de garito en garito para que nos pusieran nuestra música serán divagaciones que las hormigas de la memoria recorrerán en otra ocasión.

     Me quiero centrar ahora en los cantautores que poblaban los altares-estanterías de nuestros progres hermanos, primos o amigos mayores. Porque, entre las canciones de Victor Manuel, de Serrat y de Paco Ibáñez, se dejaban entrever las de Víctor Jara, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, y cómo no,  los trovos revolucionarios  de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.


     Así que sin comerlo ni beberlo, de una manera casi subrepticia, terminamos por llenar de ecos cubanos el repiqueteo de misa de doce que le infundíamos a nuestras guitarras domingueras. Su adormidera progre nos hizo creer a pies juntillas durante muchos años, que la música popular de la isla antillana estaba en esencia pura en las canciones de aquellos diputados castristas. ¡Ojo!, ¡que no reniego del "Ojalá" de Silvio!, para mí la canción de desamor más tremenda y hermosa que se haya escrito en lengua castellana. Y otro tanto podríamos decir sobre las melodías de Pablo Milanés, quien seguro se cuela con un par de canciones en la banda sonora de mi adolescencia.


     En esas andábamos cuando, gracias a una historia cantada o una canción historiada, como es el "Pedro Navaja" de Rubén Blades, sentimos curiosidad por una música que nos venía de Nueva York y a la que todo el mundo llamaba salsa. Y ahí se englobaban  músicas más o menos afines o distantes entre sí como las del propio Blades, Celia Cruz, Tito Puente, Willie Colón... Y los friquis de nuevo nos vimos comprando los vinilos que desde Tenerife editaba el pequeño sello local "Manzana",  para así conseguir ser los primeros salseros de las Españas.


   Pero la salsa no era una música, sino la suma de muchas otras. Se trataba de ritmos incuestionablemente latinos ( no sólo cubanos, sino también portorriqueños, colombianos...), que en  Brooklyn, en el Bronx, en Queens, sufrieron la saludable infección del jazz y del soul. Aunque también habían piezas perdidas que no terminaban de encajar; especias en aquel sabroso condimento, que resultaban difíciles de distinguir por nuestros inexpertos paladares. Y las claves que  nos faltaban  las fue desgranando un gran "cocinero radiofónico" especialista en estos menesteres musicales como era y es Juan Pablo Silvestre, quien encabezaba a últimos de los ochenta y principios de los noventa un programa muy salsero ( o más bien sonero)  las tardes de los sábados en Radio 3. Pero claro, de nuevo estábamos en un terreno en el que solo se desenvolvían los friquis. Para que la gran mayoría del público español  y mundial interesado en estas músicas pudiera cerrar el círculo,  tuvo que llegar uno de esos músicos raritos made in usa llamado Ry Cooder. Él fue quien redescubrió a un octogenario Compay Segundo que, aparte de cantarnos las canciones que sí formaban el verdadero acerbo popular cubano, reivindicaba con su voz ya entrecortada a Chano Pozo, a Pérez Prado, a Miguelito Valdés, a Bola de Nieve y , sobre todo, a Benny Moré.

     Probablemente fue Benny con sus composiciones y su voz el impulsor más sobresaliente que obtuvo el son, la guaracha, el mambo, el cha-cha-cha y hasta el mismísimo bolero, si se me permite. Y todo ello a pesar de que a los cuarenta y tres años su voz y su genio se ahogaron definitivamente en un vaso de ron. Y más aún, a pesar del ostracismo al que la oficialidad castrista (que no el pueblo cubano) relegó su música y la de muchos otros autores  no proclives a infundir  a sus composiciones una mácula revolucionaria que se preciara como digna para los miembros del partido, que por su parte, alegaba una supuesta banalidad en el contenido de las letras de sus canciones.

    Pero todos esos ritmos calientes que habían nacido y evolucionado en la isla antes de repartirse por  los confines del mundo, conformaron un caldo sabroso que terminaría por derivar en la  que se vino a denominar a principios de los setenta como música salsa. En la gran manzana sólo se le añadieron unos pellizquitos de soul, de jazz y de big band,  porque de Cuba ya salió aquel moje en ebullición.

  
Entre los principales autores de esta bendita fechoría musical se encuentran tanto Benny Moré como Pérez Prado. Paradógicamente ninguno de los dos se afincó en Nueva York; Pérez Prado alentó aquella música desde Méjico con su mambo, y Moré, aunque también anduvo uno temporada por Méjico, decidió regresar más pronto que tarde a su Santa Isabel de las Lajas natal, para  continuar desde allí su reinado en el son y no salir  nunca más.
    La canción que os presento aquí es una rareza  brutal, que preludia futuros aconteceres en la música cubana. El hecho de ser anterior en el tiempo a todo el fenómeno salsero, la hace mucho más bella y  enigmática . Es sencillamente una extraña maravilla que la protosalsa nos dio gracias a la conjunción de un genio como Benny Moré -el bárbaro del ritmo- y su endiablada forma de improvisar y entender la canción,  respaldado y arropado por la sabiduría musical  de  un Pérez Prado - el rey del mambo- ya muy ducho en el denominado afro-cuban. Esta canción es una leyenda de pura magia cubana,  de mismísima santería    hasta  en el trabalenguas de su nombre: babarabatiri. http://www.youtube.com/watch?v=137t_OiCCnU


viernes, 29 de octubre de 2010

La herencia del Blues

                                                        He visto tantos que se dicen músicos dándole vueltas a la misma manida y vieja fórmula una y otra vez, que mis prejuicios hacia la escucha de un nuevo trabajo-réplica cada vez eran mayores. Menos mal que de vez en cuando, aunque muy de tarde en tarde, me vuelvo a topar con gente honrada y honesta en este trabajo como es el caso de Santiago Auserón. Su trayectoria es sin duda el ejemplo más loable que encuentro de coherencia, de renovación y de sencillez. Porque Juan Perro es un proyecto nuevo que partió de la grande y segura mansión de Radio Futura para avanzar entre la maleza de la música popular sudamericana, y también de la española, mientras a lo lejos se oían los ecos lejanos de los días de gloria. Porque Juan Perro ha logrado avanzar por esos lares con paso pequeño pero cierto en busca de un sendero propio, que no le hiciera andar sin rumbo para volver siempre al mismo punto de partida. Porque además y en definitiva, lo hace sin levantar la voz, sin demasiados aspavientos, pero convirtiéndose en definitiva en uno de los mayores referentes musicales tanto en España como en la América latina, para cualquier músico que se precie de hacer rock o blues con esencia latina o española.